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    El perdón es una estrategia personal para hacer las paces con los eventos de la vida. Es como un bálsamo interno que ayuda a sanar heridas causadas a raíz de experiencias ocurridas con otras personas. Cuando los niños se pelean, les decimos que “hagan las paces”.

    Sin embargo, las heridas internas siempre son personales e intransferibles. No hay verdad en afirmaciones como: “me hirió cuando dijo esto”, “esta persona me ha destrozado por dentro”, “me han roto el corazón”. Nadie nos rompe nada, la vida ocurre, las personas hacen cosas y, cuando nosotros las interpretamos desde nuestro sistema de creencias, nos rompemos o nos destrozamos. Por eso no existe el culpable. Porque nadie tiene la culpa de mi interpretación de la vida…, ni siquiera yo mismo.

    Nuestro sistema de creencias se va formando desde que nacemos. La mayoría de las creencias son prestadas de nuestros padres y cuidadores de infancia. Van anidando en nuestra mente y van programando nuestro cerebro. Sería nuestro “mindset”. Si cuando éramos pequeños, cada vez que nos caíamos nuestra madre decía: “Malo el suelo, malo el escalón, malo el columpio”, nosotros crecimos con la idea de que las cosas que nos ocurren son culpa de lo de afuera.

    La culpa y la responsabilidad son como vasos comunicantes. Si lanzo culpas, no estoy asumiendo responsabilidades. Si asumo responsabilidades e intento comprender sin juzgar, me doy cuenta de que nadie tiene la culpa de cómo yo vivo las cosas.

    Es importante hacer una aclaración: las leyes de la tierra nada tienen que ver con las leyes espirituales. Si alguien nos agrede, las leyes terrenales lo hallarán culpable y tendrá que pagar por ello. Si alguien te maltrata física, verbal o psicológicamente, estás en tu derecho de marcar límites y alejarte de esa persona, si ello está en tu mano. Una cosa no quita la otra. Sin duda.

    Sin embargo, desde el punto de vista espiritual, la Ley de Correspondencia (entre otras leyes), es la que marca el hecho de que nos ocurran o no las cosas. Lo que aquí llamamos buena o mala suerte, desde un punto de vista espiritual, sería “ser correspondiente o no serlo”.

    Es decir, no nos va a ocurrir nada que no nos tenga que ocurrir y nadie va a vivir nada que no tenga que vivir. Por otro lado, si algo lo tenemos que vivir, lo viviremos sin duda. Por eso, si miramos la vida como una gran escuela, con maestros, profesores, entrenadores, cursos, exámenes… todo cobra otro sentido.

    La realidad es neutra, pedagógicamente neutra, con una neutralidad a menudo incomprensible para nuestras mentes y, sin embargo, neutra. Cualquier evento tiene una intención formativa dentro de nuestro destino. Nuestro ego se enzarza en los hechos y los pormenores de los hechos. Aunque lo verdaderamente importante es el reto al que tal hecho nos enfrenta: qué puedo aprender, qué valor puedo mostrar, qué herramienta de amor puedo utilizar.

    Dicho esto, mientras llegamos a este nivel de comprensión y aceptación de la realidad, el perdón es una maravillosa herramienta. Practícalo hasta que comprendas que no lo necesitas, hasta que comprendas que nadie te hace nada y que no hay nada que perdonar, hasta que aprendas a agradecer las dificultades que la vida te pone por la gran oportunidad de aprendizaje que suponen.

    Y cuando lo practiques, date cuenta de que solo puedes perdonarte a ti, por haber juzgado, por haber culpabilizado, por no poder ver la realidad con la neutralidad que tiene, por no ser capaz de comprender al que es distinto a ti… Y, cuando te perdones una y mil veces y hagas las paces contigo mismo, comprenderás que el perdón es uno de los caminos para llegar a la  Paz Interior.

    Porque cuando hay Paz dentro de ti, puedes mirar compasivamente a cualquier ser humano, a cualquier hermano tuyo, incluso al que crees que te hizo daño, porque él también es tu hermano y también es hijo de la misma fuente que te dio la vida a ti.

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