Dime cómo hablas y te diré quién eres… porque con las palabras mostramos nuestro interior, lo que nos hace sufrir, nuestros temores y todo aquello que nos limita. También a través de ellas, podemos mostrar una autoimagen fuerte y unos valores sólidos. No es cuestión de adivinación, sino de observación y deducción, ya que realmente las palabras son elocuentes a la hora de mostrar cómo somos y cómo estamos “programados” internamente.  Nuestra forma de hablar expresa las creencias que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida, de modo que en ellas podemos “ver” a nuestro subconsciente hablando. 

El subconsciente es un gran archivo central que se va cargando de órdenes desde el mismo momento en que nacemos (podría ocurrir que incluso antes). Es un disco duro que lo almacena absolutamente todo con la idea de que en algún momento pueda ser de utilidad. Esta información acumulada se asemeja a los programas del ordenador o a las aplicaciones del móvil. La parte interna de estos programas no llegamos a verla, lo que sí vemos es la parte externa y los resultados de los mismos.

Veamos algunos ejemplos de frases que has podido decir u oír alguna vez:

– Siempre me pasa lo mismo, confío y luego abusan de mí.

Esta afirmación deja implícito que hay un programa que asocia “confianza” con “abuso”. Cada vez que la persona confía en alguien, ese programa se activa y, sin que la persona se dé cuenta,  le está dando permiso al otro para que abuse de él (lógicamente esta segunda persona debe tener un programa que le permita abusar).

– ¿Por qué todo me tiene que pasar a mí?

“Todo” es una  perversión del lenguaje (los absolutos lo son, ya que son exageraciones que no se corresponden con la verdad). Esta frase indica que la persona está predispuesta a que le ocurran cosas o asuntos que dice no desear. Sin embargo, con su forma de expresarse nos indica que en realidad los está esperando debido a su decreto: “todo me tiene que pasar a mí”.

– Hoy no soy persona.

Normalmente se dice esto cuando se está cansado, descompuesto o cuando se ha perdido el equilibrio de alguna manera.  Sin embargo, al decirlo, se está  excluyendo el hecho de que “ser persona”  es algo que implica variabilidad, de modo que puede haber momentos gloriosos y otros que planteen cierta dificultad. Esta frase obvia que una parte de la pedagogía de los seres humanos tiene que ver con el hecho de que las dificultades aparecen como una magnífica oportunidad para aprender y crecer.

Distintas formas de comunicación verbal

  • La queja

Hay personas que viven en la queja…  del tiempo que hace, del tráfico, de su mala suerte, de los hijos, de la juventud, de su pareja, de su trabajo, de los vecinos, de la ciudad, de la contaminación, del gobierno, del entrenador de fútbol…  Quizás no seas una de ellas, y aun así de vez en cuando es posible que te sorprendas quejándote (porque alguien llega tarde, no ha salido un  asunto como esperabas, la comida estaba demasiado caliente o fría, alguien te habló así o asá, etc.)

¿Qué nos indica la queja? Que no se está aceptando la realidad “tal cual es”. Siempre que uno se pelea con la realidad, la realidad sale ganando porque es aplastante, es la que es. El antídoto de la queja es la flexibilidad, pero ¿cómo nos hacemos flexibles? Comprendiendo que lo que nos está ocurriendo puede que no sea lo que queremos, pero es lo que necesitamos en ese momento, sin matices, es perfecto sin más.  La realidad es neutra, y la felicidad depende de la flexibilidad que tengamos para adaptarnos a ella. Así de sencillo.

  • La agresión

En este apartado podemos encontrar frases como: “tú es que no estás en el mundo”, “qué raro/rara eres”, “estás en el mundo porque tiene que haber de todo”,  “tienes cabeza por no acabar en punta”, “qué desastre eres, mejor que no me ayudes y no hagas nada”, etc. Y por supuesto insultos de todo tipo.

Esta violencia verbal  habla más de la persona que está pronunciando las palabras que de la persona aludida. Las palabras son de quien las pronuncia, igual que las miradas son de quien las emite. Cuando una persona está criticando o insultando a otra, está hablando de sí misma porque es su mapa lo que está poniendo encima de la mesa. Una persona que se relaciona consigo misma con violencia, va a ver a los otros como contrincantes y los va a poner como diana de su agresividad.

  • La verborrea

Son esas personas que hablan sin parar y de cualquier cosa porque lo que les gusta es hablar y el silencio les da miedo. El silencio les resulta algo incómodo y compiten con los demás por tener la palabra. Detrás de la verborrea se esconde un gran miedo, el miedo a la soledad, al silencio, al vacío, a encontrarse consigo mismos… Normalmente quien habla mucho escucha poco, sin embargo es mucho más sabio escuchar que hablar. Cuando escuchamos, estamos dando espacio a la mente para que observe nuevas formas de comprender el mundo y se enriquezca con las del otro. Cuando se habla sin parar, alimentamos al ego, que se siente lleno de sí mismo y que nos encasilla en una visión del mundo rígida.

Los niveles de conciencia y la forma de hablar

Nuestra forma de hablar muestra el nivel de desarrollo personal interno: cuanto más bajo nuestro nivel de conciencia, más agresiva, quejumbrosa, negativa y avasalladora será nuestra forma de hablar.

Al mismo tiempo, cuando elevamos nuestro nivel de conciencia, la comunicación interna y externa mejora. El otro nos importa porque nos importamos a nosotros mismos.  Cuando hay respeto, comprensión y tranquilidad, eso se demuestra también en la elección de las palabras y en el tono con el que hablamos. El tono, la velocidad y la cadencia, son elementos esenciales que imprimen un carácter u otro a la partitura de nuestras palabras.

Una comunicación tranquila y efectiva emana carisma. Y esto podemos empezar a practicarlo en los círculos cercanos, con la familia y los amigos. Son los primeros que se van a beneficiar y van a apreciar la mejora en la fluidez de la comunicación.

Si buscas la excelencia, si deseas mejorar como persona, observa tu forma de hablar y de hablarte. Date tiempo para pensar lo que quieres decir y escoge cuidadosamente tus palabras y el tono adecuado. Al mismo tiempo observa las reacciones de los demás cuando estás hablando. ¿Están tranquilos y muestran interés o por el contrario parecen nerviosos y quieren interrumpirte? Esto te dará la pista de si la comunicación está siendo efectiva y si estás consiguiendo lo que deseas.

Y no olvides el mayor actor acto de sabiduría en la comunicación: saber cuándo hablar y cuándo callar.